Objeción de conciencia: análisis Eutanasia

25.09.2025

   Esta semana  se presentan cinco preguntas en profundidad sobre la eutanasia, la autonomía del paciente, los principios bioéticos y el contexto legal y social que rodea esta práctica. Cada pregunta es respondida desde la perspectiva de un médico objetor de conciencia, es decir, un profesional que, basándose en sus valores éticos, personales o espirituales, no está dispuesto a participar en actos que provoquen directamente la muerte de un paciente.

El objetivo de este ejercicio es comprender cómo razona un objetor, cuáles son sus fundamentos éticos, qué tensiones enfrenta entre su deber profesional y sus convicciones personales, y cómo propone alternativas para acompañar el sufrimiento sin recurrir a la eutanasia.

Las respuestas reflejan un enfoque respetuoso, reflexivo y coherente con la práctica médica tradicional, donde la vida es un valor fundamental y la ética del cuidado se centra en aliviar, acompañar y dignificar, pero no en provocar la muerte.

   ¿Qué significa para usted la eutanasia y cómo influyen sus creencias personales, morales o religiosas en la forma en que la valora? ¿La considera un acto de compasión o una transgresión al valor de la vida? 

   Para mí, la eutanasia representa la acción directa de terminar con una vida humana, y desde mis convicciones personales y espirituales, la vida posee una dignidad intrínseca que no depende de su calidad o de su utilidad.

   Entiendo profundamente el sufrimiento de los pacientes, pero no creo que poner fin a la vida sea un acto de compasión. Para mí, la verdadera compasión se expresa acompañando, aliviando el dolor y estando presente, no provocando la muerte.

   Mis valores tanto éticos como, en parte, de formación religiosa me llevan a ver la vida como un don que no me pertenece a mí ni al Estado terminar. Por eso considero la eutanasia una transgresión al valor fundamental de respetar la vida humana, incluso en sus etapas más frágiles.

   ¿Cree que una persona tiene derecho a decidir la forma y el momento de su muerte? ¿Cómo equilibra usted esa autonomía con su deber médico de preservar la vida? 

   Creo firmemente que las personas merecen respeto y acompañamiento en su sufrimiento, pero no considero que exista un derecho moral o médico a poner fin a la propia vida.

   La autonomía es un valor central, pero no absoluto. Como médicos, también tenemos el deber de proteger la vida y evitar daños irreparables.

   Para mí, el equilibrio está en reconocer la autonomía para rechazar tratamientos, para recibir paliativos, para no prolongar artificialmente la agonía, pero no para solicitar que un médico cause la muerte.

   En situaciones de sufrimiento irreversible, pienso que nuestra responsabilidad es reforzar los cuidados paliativos, la contención emocional y el acompañamiento, no recurrir a la eutanasia.

   Desde su visión ética, ¿podría la eutanasia formar parte de una buena práctica médica? ¿Cómo interpreta usted los principios de beneficencia y no maleficencia en este tema? 

   No considero que la eutanasia forme parte de la buena práctica médica, porque implica que el profesional pase de aliviar el sufrimiento a provocar activamente la muerte.

   En cuanto a la beneficencia, la entiendo como buscar el bien del paciente a través del alivio, la escucha y el acompañamiento.

   Desde la no maleficencia, inducir la muerte constituye el mayor daño posible, incluso si la intención es aliviar. Yo creo en la sedación paliativa cuando es necesaria, en la limitación del esfuerzo terapéutico y en no prolongar la agonía; pero para mí la línea ética se cruza cuando activamente se causa la muerte.

   Creo que la medicina debe aliviar, no matar

   ¿Está de acuerdo con que algunos países regulen la eutanasia? ¿Cree que Chile debería avanzar hacia una legislación de este tipo o existen riesgos éticos y sociales importantes? 

   Respeto que otros países tengan marcos legales distintos, pero personalmente no comparto la legalización de la eutanasia.

   Me preocupa que, cuando el rol del médico cambia hacia 'dar muerte', se desdibuje la confianza fundamental que existe entre paciente y profesional.

   También veo riesgos sociales: la presión sutil sobre personas mayores, dependientes o con discapacidad; la posibilidad de que la eutanasia se normalice como solución rápida frente al sufrimiento; e incluso el riesgo de inequidades, donde quienes tienen menos apoyo sean más vulnerables a sentirse como una carga.

   Creo firmemente que Chile debería fortalecer primero los cuidados paliativos universales y la dignidad al final de la vida antes de abrir la puerta a prácticas que puedan traer consecuencias éticas y humanas profundas.

   ¿Qué opina de la eutanasia en pacientes terminales o con enfermedades psiquiátricas graves? ¿Y cómo debería apoyarse a las familias que viven este proceso? 

   Incluso en enfermedades terminales, creo que la tarea del médico es aliviar el sufrimiento, no provocar la muerte. La medicina paliativa moderna tiene herramientas suficientes para acompañar de manera digna y sin dolor.

   En enfermedades psiquiátricas, el tema se vuelve aún más complejo: la depresión severa o el sufrimiento mental pueden nublar la capacidad de decidir, y permitir la eutanasia en esos casos me parece un camino éticamente muy peligroso.

   Creo que las familias deben ser apoyadas con contención psicológica, educación, acompañamiento espiritual o emocional si así lo desean, y deben participar activamente en el cuidado y despedida del paciente.

   Para mí, la ética del final de la vida se basa en acompañar, aliviar y sostener —no en adelantar la muerte.

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